Cómo libré de la horca a Bony Denver Texto extraído de la autobiografía de Joe Cuchillo “Al filo de lo posible”. Hacía demasiado calor, incluso para ser verano. El sol caía a plomo desde su cénit sofocando a plantas y animales. Sólo los grillos con su cric cric parecían sobrellevar el sopor del mediodía. Por el sinuoso sendero que llegaba hasta el álamo llegaron cabalgando un grupo de hombres. Ninguno de ellos hablaba. Viajaban en fila, cinco en total, dos delante y dos detrás a caballo, uno maniatado a lomos un burro entre ellos, con un sombrero de ala ancha que dejaba su cara en la sombra. Conocía de sobra el destino de aquella comitiva. Desde hacía unas cuantas décadas, los habitantes de Cerro Bueno, un pueblo recién fundado a pocas millas de allí, habían elegido nuestro pequeño oasis como lugar donde ajusticiar a los que transgredían la ley. Su ley, la de los vecinos del pueblo, ya que por aquel entonces no existía juez ni sheriff. De vez en cuando desfilaba hacia nosotros aquella siniestra procesión que terminaría colgando al ajusticiado de una de las fuertes ramas de mi hermano el álamo. Era siempre una experiencia desagradable aunque no se demoraban demasiado en su ejecución. Cuando el ahorcado dejaba de patalear era descolgado y enterrado en un hoyo practicado no lejos de allí, sin cruz ni marca que lo identificara. Cuando el reo y sus verdugos se aproximaban comencé a percibir sensaciones diferentes a las acostumbradas. Lo primero que me sorprendió fue que aquel al que iban a colgar no se estremecía ante lo que todos sus predecesores habían sucumbido antes o después: el miedo a la muerte. Se puede fingir ante los hombres, pero es inútil hacerlo frente a un objeto sagrado como yo. Te puedo asegurar que aquel que viajaba a lomos de un burro para encontrarse con la horca lo hacía en paz. Si aquello me llamó la atención, lo que sentí a continuación me descolocó por completo. Para mí es normal conocer las intenciones de hombres, bestias e incluso plantas, pero lo que no me esperaba era que un hombre blanco pudiera hacer lo mismo conmigo. Tras varios cientos de años clavado en el álamo, me había mimetizado de tal forma que ningún humano había sido capaz de adivinar mi existencia. Para cualquiera de vosotros pasaba por un trozo de rama seco cubierto de moho. Sin embargo, ante aquel hombre que se aproximaba con el rostro oscurecido por el ala de su sombrero me sentía expuesto. “¡Por todos los Yei! ¿Quién es?”, me dije. “Mi nombre es Bony Denver”, resonó su voz dentro de mí. Había oído historias acerca de aquel famoso forajido a muchos viajeros que habían acampado a nuestros pies. La mayoría eran relatos de sus fechorías, engrandecidas sin duda por la leyenda que rodea a este tipo de personajes. Ahora Bony Denver respiraría sus últimas bocanadas de aire unos pies por encima de mí. La comitiva se detuvo bajo la sombra del álamo, los hombres desmontaron, algunos enjugaron el sudor de su cuello con un pañuelo. Sus movimientos eran lentos y pesados a causa del calor, aunque la tensión era evidente, no hacía falta haber nacido cuchillo de ceremonias para percibirla. Sólo Bony Denver continuó sobre su montura, a la que colocaron junto al álamo, de manera que el forajido quedó de espaldas a éste y sus manos apenas a un pie debajo de mí. Hicieron pasar la recia soga por encima una rama sobre su cabeza. A la altura de sus ojos quedó el nudo que da forma a la horca. Todo estaba listo para la ejecución. “Ven conmigo, viejo”, volvió a sonar en mi mente. ¿Cómo podía aquel rostro pálido comunicarse conmigo de la forma en que sólo los kintani sabían? Y no era sólo eso. Tenía la completa seguridad de que Bony Denver era parte de aquello a lo que amaba, el del sol, el viento, el escorpión, el búho, el álamo y el jaguar orgulloso. Estaba más cerca de los Yei de lo que muchos kintani estarían jamás en su vida. ¿Cómo era posible? Lo que hice después permanece en mi memoria como una historia que otro me contara hace mucho tiempo. Me deslicé desde la brecha del tronco en la que mi hoja se hundía para caer en las manos de Bony Denver, que me esperaba paciente y confiado. Mi hermano el álamo no tuvo tiempo para reaccionar cerrando sus fibras leñosas para impedir mi huida. Mi filo cortó las ataduras de Bony Denver y después cercenó las gargantas de los cuatro escoltas antes de que pudieran decir una palabra. El bandido actuó rápido como un lince, certero como un halcón, desplegando en segundos toda la violencia de la naturaleza. Después, con calma, limpió con su camisa los restos de sangre que me cubrían y el hierro templado brilló al sol tras muchas lunas oculto. Frotó mi mango contra su pantalón y el musgo seco que lo cubría se desmigajó dejando ver el blanco del hueso de alce y la inscripción que aquel español dejara. -JOE -leyó Bony Denver en voz alta con pronunciación anglosajona. -Mi nombre es Tsin Beesh Dootlizh. Hueso de Hierro, si lo prefieres -repliqué. -Joe es un buen nombre para un cuchillo. Pude haber pedido a Bony que volviera a dejarme en el álamo, pero no lo hice. Todavía sigo preguntándome por qué. Para alguien que había sido educado en la preservación de la vida humana era lógico que lo que acababa de suceder le repugnara. Y así era. Me había convertido en cómplice de asesinato de cuatro hombres, quién sabe si justos y con derecho a poner fin a la vida de un criminal. Por otro lado, aceptaba sin reservas la forma de actuar del forajido de la misma forma que habría aceptado sin pestañear que un ciervo ensartara en su cornamenta a los lobos que intentaran darle caza. Quizá me sentí en el deber de guiar a aquel hombre. Vana presunción. Lo único sé con certeza es que Bony Denver caló en lo más hondo de mi vieja alma de cuchillo indio y me arrastró con él. |