David Ewan Houses
(15 de diciembre de 1849, Granja Anckarstrom, Valle Noeco – 10 de marzo de 1913, Kansas of the River)
CAPÍTULO I
David fue en el octavo hijo de Frederick y Gabriela Anckarstrom, granjeros descendientes de colonos suecos. En aquella época la familia estaba pasando serias dificultades a causa de las plagas y la sequía, que habían diezmado la cosecha. El hambre empezaba a hacer desesperada la situación de los Anckarstrom, y la inesperada llegada de David la agravaba todavía más.
No muy lejos de la granja vivía Geoffrey Ewan, dueño de una pequeña mina de oro. Era uno de esos nuevos ricos que habían hecho fortuna con el precioso metal. Conocedor de la delicada situación que atravesaban sus vecinos, propuso a Anckarstrom criar al pequeño David como si fuera hijo suyo. Ewan, padre de cinco niñas, rozaba los cincuenta y deseaba un hijo varón para que dirigiera el negocio familiar cuando él faltara. El abogado de Ewan redactó un documento por el que la familia Anckarstorm renunciaba a la paternidad del pequeño David en favor de los Ewan, y Frederick lo firmó. El contrato prohibía expresamente a los padres naturales intentar comunicarse con su hijo bajo pena de prisión, y los obligaba a abandonar el valle para no volver jamás. Los Anckarstorm recibieron a cambio una modesta suma de dinero. Con esto y lo que pudieron obtener malvendiendo su casa y sus tierras partieron del Valle Noeco y jamás regresaron.
Durante su infancia David dio continuas alegrías a su padrastro. Con un año de edad, cuando apenas gateaba, hablaba como un pequeño hombrecito encandilando a Geoffrey, que miraba a su hijo adoptivo como el que contempla una recién descubierta veta de oro. Aprovechaba cualquier ocasión para exhibir al bebé ante sus amigos, que quedaban asombrados por su locuacidad.
Cuando cumplió cuatro años Geoffrey Ewan contrató a un profesor que enseñaría a su hijo a leer y escribir, y más tarde aritmética, geometría, álgebra, gramática y otras disciplinas que deberían hacer del chico un gran hombre de negocios. Lo alojó en una pequeña casa que hizo construir dentro de la hacienda Ewan. Su tutor, un francés llamado Émile Thiers que encontró en la ciudad, demostró una gran habilidad para explotar el talento natural del pequeño con los estudios, consiguiendo que los juegos de David fueran siempre didácticos, de forma que incluso en su tiempo de ocio seguía aprendiendo. El chico absorbía conocimientos como una esponja.
Con cinco años David apenas tenía amigos. Lo más parecido a un compañero de juegos era Émile, con el que pasaba la mayor parte del tiempo. El chico desconocía el placer de no hacer nada, ignoraba lo que era pasar una tarde tumbado entre las altas espigas de trigo viendo pasar las nubes sobre un intenso cielo azul. Cuando coincidía con otros niños en las barbacoas a las que eran invitados sus padres lo pasaba mal. Enseguida se aburría con juegos que consistían en correr tras de otro para agarrarlo, ensuciarse de barro, perseguir perros o tirar piedras a unos botes. Fue por aquella época cuando le pusieron el apodo Houses que ha quedado ligado para siempre a su nombre.
A pesar de todo, David era un niño feliz. Llevaba una vida confortable: sus padres adoptivos cuidaban de que comiera bien, vistiera adecuadamente y tuviera buena salud. Crecía rodeado de estímulos y rara vez se aburría, espoleado siempre por el deseo de aprender más, actitud que provocaba en Geoffrey una mezcla de orgullo paterno y excitación ante un futuro prometedor.
Durante toda su infancia desconoció su verdadero origen. Aunque era un secreto a voces para todos los habitantes del valle, incluido Émile Thiers, la escasa vida social del chico permitía a Geoffrey mantenerlo en la ignorancia al respecto. El rico minero tenía la seguridad de que cuando David creciera apreciaría todo lo que había hecho por él. Entonces podría contarle la verdad sin miedo.
De su madrastra, Lillian Ewan, conservaba pocos recuerdos de niñez. Según el propio David, era una mujer que pasaba desapercibida. La recordaba más bien como una ama de cría.
Con doce años comenzó a trabajar en la mina. Su padrastro estaba convencido de que si empezaba desde abajo, como hizo él, acabaría sintiendo su misma devoción por aquel oscuro agujero. El chico, que tenía ya un gran sentido de la responsabilidad y el deber, se entregó a sus nuevas tareas sin cuestionar la decisión. Por las mañanas picaba piedras junto a rudos hombres tiznados de barro y por las tardes continuaba con las clases de monsieur Thiers.
El francés no vio aquello con buenos ojos. Al principio se propuso no interferir en los planes que Geoffrey Ewan tenía para su hijo, pero al tercer día desde que empezó a bajar a la mina, cuando el muchacho no fue capaz de sujetar la pluma a causa de las llagas que el astil del pico habían producido en sus manos, decidió ir a hablar con su padrastro.
Aquella conversación dejó muy preocupado a Émile Thiers. Habían pasado ocho años desde que aceptó convertirse en tutor del muchacho; lo había visto crecer como alumno y como persona. Se sentía satisfecho de lo que había conseguido. Decir que lo quería como a un hijo habría sido quedarse corto. Había compartido con él la etapa más feliz de su vida, que había cobrado sentido tras una larga temporada a la deriva. Durante el último año David había llegado a un nivel de madurez insólito para un chico de su edad, y Émile empezaba a verlo más como a un compañero que como a un pupilo. De hecho lo consideraba su único amigo en América y la razón por la cual permanecía en aquel rudo valle. Por eso no podía permitir que su padrastro convirtiera a David en una máquina de hacer dinero, anulando así a la persona más especial que había conocido. Sólo él, Émile Thiers, podía hacer algo para remediarlo. Y tenía un plan.
David continuó bajando a la mina cada día. Picaba en las galerías, transportaba el material y ayudaba a lavarlo y seleccionarlo. Geoffrey estaba empeñado en que conociera todas las tareas del negocio. Los primeros meses fueron muy duros, pero poco a poco sus manos se fueron encalleciendo y fortaleciéndose sus jóvenes músculos.
Allí abajo lo llamaban Houses. Sus compañeros se referían a él por su apodo cuando creían que no los escuchaba; jamás lo hacían si Geoffrey Ewan se encontraba cerca. Al principio a nadie le hizo gracia tener que trabajar con el hijo del jefe, sobre todo siendo tan joven. A la responsabilidad que implicaba velar por su seguridad se unía la sospecha de tener al patrón infiltrado. Sin embargo, el muchacho no caía mal. Cumplía con lo que le encomendaban en la medida de sus posibilidades y trataba a los demás como a iguales. Con su carácter servicial, sacrificado y trabajador se ganó, si no el respeto de los mineros, al menos sí que dejaran de verlo como una amenaza. Algunos mineros mayores se mostraban protectores con David, que correspondía con afectuoso agradecimiento.
John Ranckor era un hombre conflictivo. Bebía asiduamente y se veía envuelto en peleas de borrachos con frecuencia. Sin embargo en la mina de Ewan estaba considerado un buen trabajador. Era resistente y aguantaba bien la falta de luz y aire fresco. Una mañana de abril de 1877 llegó a la mina completamente ebrio tras una noche de juerga y Geoffrey no le dejó bajar. Ranckor se enfrentó a su jefe, que no dudó en despedirlo. Humillado delante de sus compañeros, Ranckor juró que aquello no quedaría así. Semanas más tarde David regresaba a casa tras una dura jornada cuando lo encontró sentado en el ribazo a la vera del camino. Lo acompañaban un par de hombres y otras tantas botellas de whisky. Al pasar a su altura, John Ranckor lo llamó.
El encuentro con aquel hombre removió a David por dentro. No era la primera vez que un hombre en las condiciones en que se encontraba Ranckor le hablaba de esa forma, y Émile Thiers le había enseñado a ignorar comentarios groseros. Además, había estado presente el día que su padre lo despidió, así que comprendía que estaba resentido y que no debía hacerle caso. Sin embargo presentía que había algo de verdad en aquellas palabras. “El niño que no sabía quién era su padre”. Si Ranckor lo había dicho sólo para hacerle daño, ¿por qué no se lo podía quitar de la cabeza? Él sabía lo que aquella frase quería decir. En su cabeza guardaba retazos de conversaciones, silencios que se producían de repente cuando alguien notaba su presencia, miradas de complicidad entre los mineros cuando nombraba a su padre, explicaciones incompletas de las que usan las personas mayores para engañar a los niños. Pero David ya no era un niño. Cuando tuvo la certeza de que jamás conseguiría sacarse todo aquello de la cabeza, fue a hablar con Geoffrey Ewan. Semanas más tarde, Ranckor recibió diez cuchilladas durante una pelea de madrugada en la puerta de una taberna.
El 7 de julio de 1877, David llegó a la casa de los Ewan tan cansado y hambriento como cualquier otro día. En su habitación, sentado sobre la cama, Geoffrey lo esperaba hojeando un libro: una primera edición de “Cinq semaines en ballon”1, novela que recientemente había publicado un compatriota de Émile llamado Jules Gabriel Verne. El libro estaba lujosamente encuadernado, con preciosos grabados sobre la cubierta y en las páginas interiores. - ¿Te lo ha dado el francés? -preguntó Geoffrey sin más preámbulos. - Claro, padre. Geoffrey lo miró directamente a los ojos. Apenas podía disimular la tensión en su voz. - Dime, hijo, este libro ¿sirve para aprender a llevar mejor el negocio? David meditó su respuesta. - Directamente no, padre. Pero me ayuda a mejorar mi francés, y Émile dice que saber idiomas es imprescindible para defendernos en el mercado internacional del oro. - Émile dice, Émile dice... -murmuró Geoffrey-. Dile a monsieur Thiers que si quiere que aprendas su idioma te consiga un buen diccionario. Con el libro bajo el brazo Geoffrey Ewan abandonó la habitación de su hijastro.
Al día siguiente, cuando el profesor llegó al estudio donde daba clase (un trastero en el ala norte de la casa de los Ewan que había sido vaciado y amueblado de manera espartana con un par de sillas, una mesa y algunos estantes directamente clavados a la pared) encontró desparramados por el suelo libros y cuadernos. No se le pasó por la cabeza denunciar aquel acto vandálico; sabía perfectamente quién había hecho aquello y por qué. La visión de aquel desastre le produjo indignación y tristeza, aunque se felicitó por haber tenido la precaución de ocultar en su propia habitación todo el material que Geoffrey Ewan pudiera considerar “para señoritas de ciudad”. “Nos hemos librado”, pensó Thiers, “pero esto no es más que el principio. Y no sé qué hacer”.
La segunda visita de Geoffrey a la habitación de David se produjo apenas un par de semanas después. La vez anterior el chico se había llevado un buen susto. En esta ocasión, lo que vio hizo que se le encogiera el corazón. Tras salir de la habitación Geoffrey arrastró a David fuera del pueblo. Ninguno de los dos podía imaginar lo que iba a suceder.
David regresó al pueblo galopando. Para su desconcierto, lo embargaba una emocionante sensación de libertad que hasta entonces desconocía. Era consciente de la gravedad de los hechos que acababan de suceder, la inusitada violencia con que Geoffrey lo había tratado y el irreal encuentro con el bandido Bony Denver que había acabado con la muerte de su padrastro. Pero todo habían quedado en el fondo de su mente bajo de un torrente de agua imparable. Si David hubiera sido capaz de aceptarlo, habría llegado a la conclusión de que estaba eufórico.
Con la camisa bien abrochada para ocultar su espalda herida, se presentó en la oficina del sheriff, mas cuando comenzó a intentar relatar lo sucedido las palabras no conseguían salir de sus labios. Su lealtad hacia el que en su yo más interno consideraba su padre luchaba a brazo partido contra su sinceridad. “Un hombre fiel a la verdad está en paz con su espíritu”, le había repetido Émile cientos de veces.
Intentando superar el bloqueo mental, explicó los hechos omitiendo la brutal paliza, lo que le llevó a caer en imprecisiones y contradicciones ante las preguntas del sheriff y su ayudante. Sin embargo, la simple mención de Bony Denver clarificó la escena en la mente de los dos hombres y despejó todas las incógnitas: el despiadado forajido acababa de asesinar a uno de los hombres más ricos del valle en presencia de su propio hijo. Los motivos no quedaban demasiado claros, pero tratándose de semejante bandido poco importaban.
La noticia corrió por el pueblo como la pólvora, y no tardó en congregarse un buen número de vecinos en la puerta de la oficina del sheriff. Muchos maldecían a Bony Denver. Las mujeres miraban al cielo pidiendo clemencia al Creador, y no pocos recordaron bondades de Geoffrey Ewan que jamás le habían observado en vida. David fue abrazado una y otra vez y compadecido por haber tenido que presenciar cómo asesinaban a su padre. Los que lo hacían se iban con las manos manchadas por la sangre que empapaba la camisa del chico. Nadie hizo preguntas. Nadie propuso organizar una batida para capturar Bony Denver.
Durante varias semanas David estuvo terriblemente abatido, sumido en el más absoluto desconcierto. Toda su vida se había desmoronado. Buscó a Émile Thiers en la casa donde vivía, pero no había rastro de él ni de sus pertenencias. La señora Briggs, una solterona que llevaba al servicio de los Ewan casi toda su vida y que se había encargado de limpiar el pequeño refugio de Émile, afirmaba con poca convicción que se había marchado sin dar explicaciones. David sabía que mentía, pero no tenía fuerzas para presionarla. Volvió a su habitación arrastrando los pies.
Un mes después de la muerte de su marido Lillian Ewan puso a David al frente de la empresa minera. El chico se agarró a aquella ocupación como a un clavo ardiendo. Necesitaba tener la mente ocupada. Para su sorpresa, el chico comprobó que podía gestionarla sin demasiados problemas. Conocía el negocio lo suficiente como para conseguir que no se detuviera la maquinaria que movía el pequeño imperio de su padrastro.
Lillian demostró ser más astuta de lo que parecía. Sabía que el chico podía llevar las cuentas de la empresa sin problemas, pero también que en ausencia de Geoffrey sus enemigos no tardarían en aprovechar la débil situación en que se hallaban. Contrató a Patt Simmons, un frío pistolero, para que los mantuviera a raya. Simmons se tomó en serio su trabajo. Además de convertirse en jefe la banda de matones de Geoffrey asumió la tarea de resolver los conflictos que surgían con mineros y compradores. Era un hombre violento, inflexible y visceral. No negociaba, sólo se dedicaba a apagar fuegos de la manera más contundente. El comentario general era: “Al lado de éste, Ewan era un santo”.
David trabajaba desde que salía el sol hasta bien entrada la noche llevando la cuenta del material extraído, las ventas, la cotización del oro, los pagos y todo lo que se podía llevar desde el despacho de su padrastro. Saneó la contabilidad ordenándola por partidas y calculó la rentabilidad de cada una de ellas y del negocio en general. A pesar de la incultura de Geoffrey y de su caótica gestión, había que reconocer que el viejo tenía un don para los negocios, porque los resultados eran francamente buenos.
El trabajo mantenía en ordenada marcha el mecanismo de su cerebro durante el día, pero cuando se quedaba a solas en la habitación los engranajes chirriaban y las ruedas dentadas se salían de sus ejes. Su mente volvía una y otra vez al claro del bosque, y en sueños buscaba desesperadamente a Émile. Con frecuencia se despertaba sudando a media noche y ya no era capaz de volver a dormir.
Una de esas noches fue hasta la oficina de su difunto padrastro, despejó la mesa de roble y comenzó a escribir todo lo que le pasaba por la mente en uno de los libros de contabilidad. Ni siquiera se planteó hacerlo, fue como si alguien desde dentro se lo exigiera. Cuando amaneció se encontraba exhausto pero en paz. Era la primera vez que se sentía bien desde el día en que Bony Denver mató a Geoffrey Ewan.
Las noches que sucedieron a aquella siguieron el mismo patrón. El chico escribía con la avidez de quien le va la vida en ello. Y así era. Inventaba personajes que creaban máquinas prodigiosas, descubrían mundos increíbles, se enamoraban, odiaban, reían, contemplaban puestas de sol, viajaban a países exóticos...
Al cabo varios meses de febril actividad y pocas horas de sueño, profundas ojeras oscurecían el rostro de David, su color de piel se tornó de un gris amarillento y adelgazó. Descuidaba su aspecto y se aseaba poco. Lillian lo observaba sin intervenir ni mostrar signo alguno de preocupación.
La noche del 12 de octubre de 1877 David Ewan metió en un saco media docena de cuadernos de contabilidad y algo de ropa. En el bolsillo sólo llevaba un puñado de dólares. Esperó a que la casa estuviera en silencio y todas las luces apagadas para adentrarse en la espesa niebla que cubría el camino que llevaba a la ciudad. Apenas había andado unas cuantas yardas cuando tuvo un presentimiento. Se giró hacia la casa de los Ewan. Una figura de mujer lo observaba, medio difuminada por la niebla, desde la puerta principal. No se movió ni dijo palabra alguna. No trató de retenerlo. Años más tarde, David reconoció que si Lillian le hubiera preguntado adónde se dirigía o qué iba a hacer no habría sabido qué responder.
CAPÍTULO II Próximamente en Universo Denver.
1 "Cinco semanas en globo" (nota del traductor).
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