El viaje con los españolesTexto extraído de la autobiografía de Joe Cuchillo “Al filo de lo posible”.Eran aventureros que habían viajado al Nuevo Continente en busca de fortuna. Tenían el espíritu alegre la mayor parte del tiempo, vivían el presente y su principal preocupación consistía en tener comida y agua para el día siguiente. Teniendo como referencia antiguas historias de sus antepasados, confiaban en encontrar tesoros que les permitieran volver a su tierra convertidos en hombres ricos. Aunque no eran delincuentes, a veces rozaban los límites de la honestidad si con ello podían obtener beneficios rápidos. La temporada que pasé con ellos fue para mí una de las peores de mi vida. De repente perdí las comodidades que mi condición de objeto sagrado me proporcionaban. Echaba de menos el tacto del terciopelo que me transportaba junto a los Yei. Me dolía profundamente la ausencia de Aguilucho Gris. Incluso echaba de menos al tonto de Deezá. Aunque aquellos con los que viajaba no eran malas personas, yo no tenía un lugar entre ellos. Para los españoles no tenía más valor que el de los materiales de los que estaba hecho y la utilidad que pudieran darme como herramienta o arma. No percibían mi alma dentro de aquel pedazo de hierro ensartado en un cuerno de alce. Empecé a deteriorarme, y no hice nada por evitarlo. Las tiras de cuero que recubrían el mango se pudrieron, dejando el hueso al descubierto. Mi hoja, que antes brillaba y mostraba orgullosa sus símbolos sagrados, se cubrió de herrumbre y perdió el filo. En cuestión de semanas pasé de ser un objeto precioso a no tener valor, ni siquiera como herramienta. Los españoles decían que me habían echado “mal de ojo”. Una noche acampamos bajo un grupo de álamos. El hombre barrigudo al que yo pertenecía se recostó contra el más grande de los árboles, fatigado por la jornada de viaje a lomos de su caballo. Se llamaba Juan Orlando Espandián. Cuando caía la tarde se habían detenido al ver varios conejos cruzar el camino y dieron caza a dos de ellos, que iban a constituir su cena. Mientras uno de sus compañeros despellejaba las piezas, colgándolas después boca a bajo para que escurriera la sangre a través de las cuencas vacías de sus ojos, Juan se entretuvo en grabar con otro cuchillo sus iniciales en mi mango de hueso desnudo: “JOE”. Ahora pienso que debió haberme dolido, pues con aquel acto sacrílego mancillaba mis orígenes. Sin embargo en aquel momento no sentí nada; convivía con un dolor mucho más profundo, lo que parecía anestesiarme contra agresiones que no hace mucho habría considerado intolerables. Si tienes una flecha clavada en un costado, un rasguño en una rodilla pasará desapercibido. Frieron los conejos con ajos. Con la boca echa agua, los cuatro hombres se dispusieron a hincarles el diente. Juan me sacó de su cinto para cortar una tajada, pero fue inútil. Mi hoja estaba oxidada y desafilada, cortaba menos que si hubiera sido de madera. Juan intentó rajar la carne sin éxito hasta que la pura frustración, azuzada por el hambre, le hizo montar en cólera. – ¡Voto a tal, cuchillo hijo de la puta!1 –bramó el barrigudo, y con furia alargó el brazo para asestar una buena cuchillada al álamo en el que estaba apoyado, hundiendo mi hoja en el tronco lo suficiente como para dejarme ahí clavado. Así fue como acabó mi corta aventura junto a los españoles, una separación que a ninguno traumatizó. A mí, particularmente, tanto me daba andar dando tumbos comprimido contra la barriga de Juan como pasar los días clavado a un árbol perdido en cualquier parte del oeste americano. Lejos para siempre de mi auténtico lugar, apartado del que debió ser mi destino, estar en un sitio u otro me resultaba indiferente. Pensándolo bien, me dije, aquí por lo menos tendré paz. 1 En español en el original (nota del traductor). |