Joe Cuchillo(Cuarta luna del año 1654, lago Perro-Lobo)
Para ser sincero (y a estas alturas de mi vida la sinceridad es uno de los lujos que puedo darme) he de decir que los oropeles y grandes fastos siempre me han parecido aburridos y de un tremendo mal gusto. Además, me fastidiaba sobremanera darme cuenta de que muchos de los ritos estaban vacíos, de que con demasiada frecuencia los que participaban en ellos parecían más pendientes de que su tocado de plumas fuera el más vistoso en lugar que de tratar de llegar a la comunión espiritual con los Yei. Sin embargo, mi condición de objeto sagrado tenía ciertos privilegios que compensaban con creces mi indignación y mi fastidio. Cuando no participaba en ninguna ceremonia descansaba en una caja de plata con el interior forrado del terciopelo más suave que haya acariciado jamás. El roce de aquel pelaje con mi filo era siempre electrizante al primer contacto y después una caricia que me arrullaba en un dulce sueño. Regularmente, el hechicero Aatsá Yazhi Dinilbá (Aguilucho Gris) afilaba y bruñía el hierro templado de mi hoja, tintando con su propia sangre los símbolos grabados en ella: el sol, la luna y el escorpión. Con paciencia renovaba las tiras de cuero que cubrían mi empuñadura, hecha de hueso de alce, y las sujetaba fuertemente al remache de bronce que tenía como remate. Con los años he comprendido que el amor con el que aquel anciano trabajaba mi materia inerte me transmitía el alma que me ha permitido tener conciencia de mí mismo. Aquella era mi vida, ése era mi destino. ¡Por todos los Yei, ése era mi destino! Pero aquel cabeza de chorlito de Deezá tuvo que hacer una de las suyas. Un niño mimado, inútil como un hacha de barro. Su padre, Shaooljeé, fue uno de los primeros kintani que trató con los españoles. De ellos aprendió a criar ovejas, así como el arte de trabajar metales y piedras preciosas. Deezá, la gran promesa de su pueblo, se dedicó a perfeccionar la técnica de la siesta y el gusto por el vino. Estaba a punto de comenzar la quinta luna del año 1658 de vuestro calendario cuando, cerca del poblado kintani, acamparon cuatro hombres procedentes de España. Nuestro pueblo, hospitalario por naturaleza, los acogió como sus invitados y celebró una gran fiesta. Nada me hizo presagiar que aquella sería la última noche que pasé junto a los kintani. Al amanecer abandoné el poblado, abatido por el dolor, arrancado de raíz del mundo que conocía. Viajé con los españoles sin importarme el rumbo que tomáramos. El destino quiso que se detuvieran a descansar a la sombra de una pequeña arboleda. Uno de ellos, aquel que siempre me llevó en su cinto, cambió de nuevo el rumbo de mi vida dejándome clavado en un gran álamo. Aquel árbol era un buen lugar en el que poner fin a mis días. En realidad me parecía un lugar como cualquier otro, lo único que deseaba era acabar con el sinsentido en el que se había convertido mi existencia. Atormentado por funestas ideas comenzó mi vida en el álamo, aunque sin saberlo estaba a punto de conocer mi yo más profundo, la verdadera comunión con los Yei, a la que ningún ritual de hombres me habría llevado. Los años se sucedieron y yo vivía en completa armonía con el sol, el aire, el agua, el escorpión y el búho, la savia y la tierra. Llegué a sentir que aquel era mi verdadero lugar en el universo. Permíteme joven que te haga una pregunta. La misma que llevo cientos de años haciéndome. ¿Había alguna razón para abandonar aquel paraíso? Quizá por tu corta edad prefieras una vida más emocionante, pero conforme crezcas comprenderás que pocos tienen el privilegio de alcanzar un estado semejante, y lo único sensato habría sido aprovechar la oportunidad. ¿Por qué decidí rechazar aquel regalo del destino? ¡Por todos los Yei! La única respuesta que he encontrado es que sólo soy un trozo de lata pegado a un hueso por la mano de un hombre y, como él, he tomado decisiones que ni toda la sabiduría del universo es capaz de explicar. Corría el año 1875 de vuestra era cuando un grupo de jinetes se aproximó a nuestra pequeña arboleda. Entre media docena de jinetes a caballo viajaba a lomos de un burro un oscuro personaje. Aquel hombre no era otro que Bony Denver, el famoso forajido. No puedo decir que lo desconociera, ojalá tuviera esa excusa. Había oído hablar de él a numerosos viajeros que habían hecho un alto en el camino para descansar junto a nosotros. Pocos comentarios fueron buenos. Bony Denver iba a ser ahorcado a unos pies de mí y seguramente quienes lo iban a ajusticiar tenían buenas razones para hacerlo, pero intervine para impedirlo. Después de aquello abandoné el paraíso natural del álamo para acompañar a aquel forajido durante algún tiempo. ¿Quieres saber cómo fue vivir junto a Bony Denver? Tan intenso como doloroso. Bony no entendía las leyes de los hombres y por tanto no las respetaba. Con frecuencia se comportaba de manera inaceptable a los ojos de los Yei. Desoía mis consejos la mayor parte de las veces y solía acabar haciéndome cómplice de sus malos actos, lo que le producía un gran sufrimiento a mi viejo corazón kintani. Sin embargo, el fondo de mi ser siempre comprendió al animal que habitaba en él. Dicen que no tenía piedad, pero ¿se puede llamar despiadado al fuego porque para existir ha de devorar un árbol? Fragmento de “Al filo de lo posible”, memorias de Joe Cuchillo. Transcripción y traducción: Deestsiin Adoh (Pluma Ligera) Museo de Historia de Cerro Bueno |