La última noche kintaniTexto extraído de la autobiografía de Joe Cuchillo “Al filo de lo posible”.Deezá presidió una comitiva de bienvenida que marchó al encuentro de los recién llegados, llevándome cruzado en su cinto. Vestía el mejor penacho de plumas de su padre, y en su cuello y manos refulgían rubíes y esmeraldas engarzadas en oro y plata. Jamás lo había visto cargar tanto peso. Ambos grupos intercambiaron saludos y regalos, cada uno según el estilo y las formas de sus costumbres. Los españoles sonreían y se mostraban amables, nuestros hombres graves y respetuosos. Aunque ellos eran hábiles en el arte de disimular, un cuchillo de ceremonias es por naturaleza observador, y no se me escaparon las miradas de complicidad que intercambiaban y el cuidado que ponían en no fijar la vista en el tesoro que Deezá portaba encima. Al caer la tarde, en el poblado se celebró una copiosa cena. Los kintani asaron piernas de bisonte y de ciervo. Los españoles aportaron varios barriles de vino tinto y una carne seca curada con sal que tuvo buena aceptación. Unos y otros cantaron y bailaron, los tambores indios marcaban el ritmo que seguían las guitarras y las voces de dos pueblos muy lejanos se mezclaron en un hermoso canto mestizo. La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche. Los kintani empezaron a retirarse a sus tipis, algunos canturreando, la mayoría dando tumbos. Deezá se quedó presidiendo un círculo de hombres y mujeres sentados alrededor del fuego. Entre ellos se hallaban sus invitados. Trataba de mantenerse erguido y no tenía intención alguna de irse a dormir. Se le veía completamente embriagado, con el penacho de plumas torcido y calado hasta los ojos. Los españoles hablaban entre ellos con aparente normalidad. Un objeto sagrado como yo no necesita conocer el idioma de un hombre para saber qué está diciendo ya que visualiza las ideas que éste quiere transmitir. Supe lo que aquellos hombres estaban tramando y traté de advertir a Deezá colándome en sus pensamientos, pero la mente del hijo del jefe estaba embotada por el alcohol, no podía escucharme. Dos de ellos se levantaron trabajosamente, entre risas y empujones. Uno barrigudo y moreno sacó un puñal. Los cantos cesaron, algunos guerreros kintani desenfundaron sus cuchillos, el ambiente de fiesta se quebró. El hombre depositó el puñal en el suelo y su compañero, más delgado, amontonó unas cuantas monedas cerca del arma. Sin dejar de reír, los dos hombres se colocaron frente a frente y se dieron la mano derecha dejando los pulgares hacia arriba, tocándose los antebrazos. Juntaron el pie derecho de cada uno de forma que se tocaban por la parte de los tobillos y afianzaron su postura con el izquierdo, más atrasado. Los kintani se miraban nerviosos unos a otros. Los españoles comenzaron a forcejear, se empujaban tratando cada uno de hacer perder el equilibrio al otro. El más delgado de los dos tuvo que mover el pie atrasado para no caer. El de la barriga gritó de júbilo, levantó los brazos en señal de victoria y se agachó a recoger las monedas y el puñal. Los cuatro españoles rieron y aplaudieron con gran jolgorio. Todos nosotros respiramos aliviados al comprender el juego de apuestas que acabábamos de presenciar. El hombre barrigudo giró sobre sí mismo en el centro del círculo, dirigiéndose a los kintani con los brazos abiertos, invitando con el gesto a que alguien le retara. De inmediato corrieron los comentarios entre nuestros hombres, palabras en voz baja, de boca a oreja. Los guerreros que destacaban en aquella época por su fuerza eran animados por sus amigos. Los más jóvenes, en especial los solteros, se removían en sus sitios, excitados ante la oportunidad de demostrar su fuerza ante las muchachas que todavía permanecían despiertas. El rumor de voces se convirtió en clamor y agudos gritos cuando el joven Ayaní Biiyis (Bisonte Bien Parecido) se irguió con calma dejando ver sus casi dos metros de robusto indio kintani, rotando los hombros y el cuello para desentumecer sus poderosos músculos. De repente, el clamor cesó. Confundido, Bisonte Bien Parecido miró en derredor, comprendió lo que estaba sucediendo y, visiblemente fastidiado, se dejó caer pesadamente sobre el suelo. Deezá, que no era ni la mitad de fuerte que aquel joven, también se había levantado aceptando así el desafío, ya que su posición social le daba prioridad. El desarrollo del juego no merece la pena ser recordado. Deezá, borracho como una cuba, fue derribado sin demasiados problemas por el español barrigudo que, aunque también había bebido lo suyo, tenía sin duda más costumbre y mejor aguante. Cayó como el chiquillo que era en la trampa que los hábiles españoles le habían tendido. Llamé con todas mis fuerzas al jefe y a Aguilucho Gris, el hechicero. Para cuando hubieron llegado, yo estaba ya enfundado en el cinturón del español. El jefe Shaooljeé abofeteó a su hijo con tal fuerza que fue a parar al suelo de nuevo. Deezá se retiró a su tipi aguantando las lágrimas. Amanecía cuando jefe Shaooljeé despidió a los españoles. El viento barría la ceniza de la hoguera, el verde del bosque y el azul del cielo todavía no habían despertado, y las caras de los hombres, de los indios también, estaban pálidas como cadáveres. Todos los kintani salvo el jefe y Aguilucho Gris se habían retirado a dormir. Ellos dos solos oficiaron los ritos de despedida a los huéspedes, con el semblante duro, sin mostrar sentimiento alguno de rencor. Horas más tarde, cuando marchaba con los españoles un buen puñado de millas al sur, todavía podía sentir la presencia de Aguilucho Gris sentado en el mismo sitio donde lo vi antes de marchar. Percibía con claridad el peso de una gran pérdida en su corazón. Conocía aquel sentimiento: el de un padre que ve marchar a su hijo. |