La vida en el álamoTexto extraído de la autobiografía de Joe Cuchillo “Al filo de lo posible”.Fueron muchas, muchísimas, las lunas que pasé clavado en aquel árbol, al que recuerdo con cariño y estaré siempre agradecido. Desde el principio de nuestra convivencia (permitidme que llame así a este capítulo de mi azarosa vida; no hay palabras en un idioma de hombres para describir la relación que se estableció entre nosotros), cuando Juan Orlando Espandián hundió mi hoja en su carne, el álamo se mostró receptivo. Lejos de protegerse contra tal violación, en lugar de endurecer su leño lo dejó blando para que el hierro penetrara con facilidad, y una vez que estuve dentro tensó sus fibras para sujetarme. Aquel ser vivo escuchaba mi llanto amargo y silencioso y se apiadó de mí. De todo esto no fui consciente hasta mucho más tarde. Vivía sumergido en un sopor del que no tenía fuerzas para salir, y tampoco las buscaba. Sin pensarlo siquiera decidí dejar que mi alma se apagara, que el viento y la lluvia oxidaran mi hoja hasta deshacerla, que mi mango de hueso se secara al sol y se quebrara en astillas que se mezclaran con la tierra. Después de todo a ella pertenecía, y consideraba justo que me reclamara ya que aquello para lo que me trajeron a este mundo quedaba lejos. El verano comenzaba a decaer, y yo quería hacerlo con él. Pero la naturaleza de la que formo parte se encargó de recordarme mis orígenes, de hacer germinar mi más profunda identidad. El álamo cuidó de mí durante mi convalecencia. Según transcurría el día iba disponiendo hojas y ramas protegiéndome del sol de manera que yo permaneciera siempre a la sombra. Abrió las fibras de su tronco un poco más y me atrajo hacia sí para conseguir que me hundiera en sus entrañas hasta la empuñadura. De esta manera protegió el hierro templado de la intemperie. Aunque aquel árbol no tenía la sabiduría ni la destreza de Aguilucho Gris para tratar el metal, puso tanto amor como él en su conservación. Incluso rellenó los grabados (la luna, el sol y el escorpión) con una savia negra que los teñirían para siempre. De vez en cuando recibíamos la visita de un orgulloso jaguar color tierra que se encaramaba a la copa del árbol con una presa entre sus fauces. Comía sin prisa recostado en la uve que formaba la intersección de dos ramas gruesas y luego dormía la siesta allí arriba mientras hacía la digestión. Un animal sobrio y elegante, con un carácter parecido al de los kintani, por lo que su presencia me resultaba familiar y reconfortante. Era como estar sentado junto a alguien con el que nunca has hablado pero que percibes que te aprecia. El jaguar parecía saber quién era yo, y aunque su carácter no le permitía mostrarse cercano podía sentir respeto en su manera de trepar por el tronco junto a mí y en la forma que tenía de mirarme desde lo alto. Empezaba a marcharse el invierno cuando llegaron nuevos visitantes. Una pareja de búhos anidaron en la parte más altas de la copa. Como depredadores nocturnos que eran, pasaban el día ocultos entre el follaje. De noche, conversaban posados en su rama preferida. El macho emitía trinos breves y graves, que su compañera repetía inmediatamente después en un tono más agudo, creando un contrapunto que repetían cada noche. La música de aquellos diálogos constituían un ritual que me resultaba muy familiar, y del que yo sentía que formaba parte aunque fuera solamente como invitado.
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