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Atención: wikiole cierra

Mantequilla en la trastienda


El calor parecía pesar sobre los hombros. Las pocas personas que se atrevían a pisar la calle a esas tempranas horas de la tarde se protegían del sol bajo los soportales.


Lucía aprovechaba la ausencia de clientes para reponer las estanterías tras el mostrador. Con la ayuda de una escalera colocaba botes de conserva en los estantes más altos. Sudaba. Pequeños regueros corrían por su cuello para perderse bajo la camisa blanca. Maldijo una vez más la estricta observancia de la moral que obsesionaba a Jonas hasta el punto de hacerle vestir varias piezas de manga larga, sin escote, en pleno mes de julio. “Estás en un sitio público, hay que guardar las formas”, le repetía. “Al carajo con las formas. Me moriré bajo todo este montón de ropa”. Cuando se colmaba su paciencia Lucía le respondía cosas así.


Aprovechando la ausencia de su marido Lucía desabotonó el cuello de su camisa para abrir el escote y se pasó la mano desde la nuca hasta el nacimiento de los senos. Cerró los ojos y se recreó en el masaje. Alguien tocó su hombro por detrás. Lucía dio un respingo y con un acto reflejo se giró y cruzó ambas manos sobre el pecho. Era Jonas. Por su expresión dulce enseguida se dio cuenta de que era el otro Jonas. No terminaba de acostumbrarse a esa extraña dualidad.


Traía un pañuelo en la mano. Lucía hizo el gesto de intentar cogerlo, pero el propio Jonas comenzó a secarle el escote. Ella se turbó y miró hacia otro lado aunque se dejó hacer. Jonas desabrochó un par de botones más y continuó secando un poco más abajo. La piel oscura del pecho de Lucía contrastaba con el blanco de la camisa. Por encima de ésta llevaba puesto un grueso vestido azul oscuro que le ceñía la cintura y se abría en las caderas en forma de col. Por la parte superior envolvía el pecho con media copa. Jonas tiró de la camisa hacia arriba hasta que los pezones caoba asomaron por encima del borde del vestido y continuó enjugando el sudor con suavidad.


Lucía estaba completamente desbordada por la situación y por sus propias sensaciones. Desde su juventud en Méjico supo que el placer y el deseo ocupaban un lugar importante en su manera de ser. Mientras estuvo soltera se cuidó mucho de parecer desvergonzada, y cuando por fin se casó creyó que había llegado el momento de dar a su cuerpo lo que le pedía. Sin embargo, Jonas le hacía el amor como si cumpliera un mandato divino, reprimiendo el placer, con la única intención de engendrar y aliviar las “impuras necesidades de los hombres”. Jamás se preocupó de que Lucía disfrutara, más bien al contrario, desaprobaba que esto sucediera.


Con el tiempo había aprendido a tirar de las riendas de su deseo, al que sólo en sus fantasías dejaba correr. Y ahora era el propio Jonas (al menos físicamente) el que la provocaba acariciando sus pechos en mitad de la tienda. La posibilidad de que llegara algún cliente la excitaba todavía más. Con urgencia agarró la mano de Jonas y lo llevó hasta la trastienda.


La estantería tras el mostrador servía de separación entre la parte del local dedicada a la venta y el pequeño almacén que había detrás. La división no era completa: a través de los huecos que quedaban entre cajas y botes se podía espiar la otra parte. Lucía se colocó de forma que pudiera ver la puerta de entrada por la pequeña rendija que dejaban unos paquetes de cartuchos. Colocó a Jonas a su espalda, agarró el borde de un estante con ambas manos, se mordió el labio inferior y cerró los ojos.


Pasando una mano por delante de Lucía, Jonas le amasaba un pecho mientras con la otra se desabrochaba el pantalón. Sus movimientos eran pausados, parecía estar sorbiendo cada instante con delectación. Levantó la pesada falda de su mujer, le bajó las enaguas y separó sus nalgas. Ella arqueó la espalda dejando escapar un débil gemido. Jonas se introdujo en ella como un cuchillo caliente en mantequilla y a punto estuvo de llegar al orgasmo.


El tintineo de la campanilla colocada sobre la puerta, anuncio de la llegada de un cliente, los paralizó. Con un golpe de trasero Lucía obligó a su marido a salirse. Por la rendija entre los cartuchos vio que la anciana señora Nopport se abría paso entre los productos de la tienda con su parsimonia habitual.


- ¡Lucía! ¡Niña! ¿Estás ahí?

Se recompuso el vestido como pudo y algo desgreñada salió a atender. Nunca se habría imaginado dando gracias al cielo por la corta vista de la anciana. La señora Nopport compró cinco yardas de cuerda y media libra de frijoles. Se disponía a salir de la tienda, pasito a pasito, cuando se detuvo y se giró hacia el mostrador.

- Lucía, guapa -dijo la anciana.
- Diga, señora Nopport.
- ¿Qué día es hoy?
- Martes. ¿Por qué lo pregunta?
- Porque... ¿qué día es el que traen el pescado en salazón?
- El viernes, señora Nopport.


La anciana se quedó pensativa unos segundos.

- Juraría que me ha dado olor a bacalao -dijo al fin.

Aquellas palabras concentraron toda la atención de Lucía en su entrepierna empapada y sintió que la vergüenza la ahogaba.

- Cada día me falla algo nuevo, hija mía. En fin, así es la vida -añadió la anciana saliendo por la puerta.

Lucía dejó escapar un suspiro. “Somos unos insensatos”, se dijo. “Ya habrá tiempo para disfrutar en casa”. Y aunque seguidamente pensó que quizá más tarde Jonas volvería a ser el mojigato de siempre, regresó a la trastienda con el firme propósito de mandar a su marido a dar un largo paseo.


En la penumbra del pequeño almacén Jonas la esperaba de pie sin más ropa que sus botas de montar. Con la mano derecha sujetaba una tremenda erección.

- Jonas, cariño, es mejor que... -comenzó a decir Lucía sin demasiada convicción.
Él se acercó hasta su mujer, le dio un beso húmedo y, cogiéndola suavemente de los hombros, la hizo retroceder hasta la estantería. Ella se dio media vuelta. Esta vez Jonas la penetró con vigor.


Afuera el sol seguía cayendo a plomo sobre la calle desierta. El calor parecía asfixiar los sonidos. En la trastienda de los Denver el silencio lo llenaban los jadeos y el entrechocar de la pelvis de Jonas contra las nalgas de su mujer. Plas plas plas. El ritmo iba en aumento. Hubieran deseado poder gritar. El sudor bañaba el rostro de Lucía y resbalaba hasta gotear desde su nariz. Deseaba que aquello terminara y a la vez que no acabara nunca.


La campanilla de la puerta volvió a sonar. Lucía intentó zafarse de Jonas, pero éste la agarró con fuerza por las caderas, empujó a fondo y se mantuvo firme ahí.
- ¿Señora Denver?


Oculta tras la estantería pudo ver que se trataba de la señora Rasp, presidenta de la Liga por la Defensa de las Buenas Costumbres y una de las personas más puritana que conocía. Al menear de nuevo el trasero, el miembro de Jonas la rozó por dentro y a Lucía le sobrevino una oleada de placer. Sólo pudo decir entre dientes “Un momento”.

- No hace falta que salgas si estás ocupada, querida. Sólo venía a decirte que esta noche celebramos una reunión en mi casa. ¿Vendrás, verdad?

Se encontraban al borde del orgasmo, donde los precipitaría cualquier pequeño movimiento. Lucía contoneó suavemente las caderas, pero fue suficiente. Mientras él se derramaba en su interior, ella exclamó:
- ¡Sí! ¡Alabado sea el Señor!


La señora Rasp abandonó la tienda desconcertada y emocionada por el repentino arranque de fervor de su vecina.