Login    |      
Atención: wikiole cierra

La mano mordida


David Ewan sabía que aquel al que todavía llamaba padre era un hombre rudo y que la piedad no era precisamente una de sus virtudes. Aún así no podía dar crédito a lo que le estaba haciendo.

Se encontraban en mitad de un claro del bosque apartado unas cinco milla del camino que llevaba al pueblo. Nunca antes había estado en ese lugar ya que el acceso era intrincado, bosque a través. El sol rozaba ya el horizonte. Una gruesa estaca estaba firmemente clavada en la tierra, y en su extremo superior un clavo sujetaba una argolla de hierro. Atado a ella por las muñecas, David veía aterrado cómo Geoffrey se sacaba el cinturón del pantalón y dejaba su revólver en el suelo. La esperanza de que sólo quisiera darle un buen susto se desvaneció con el primer correazo en su espalda desnuda.

-¡Desagradecido! -gritaba Geoffrey- Debí haber dejado que te murieras de hambre con tu miserable familia. ¡Te lo he dado todo! Y ¿cómo me pagas? Mordiendo la mano que te ha dado de comer, que te ha vestido, que te ha permitido aprender todo lo que sabes. Mataré a ese chacal francés. Te ha llenado la sesera de fantasías, te ha convertido en una señorita que quiere escribir novelas. Pues tendrás tiempo para inventar todas las que quieras mientras cavas en la galería más profunda de la mina, porque es donde vas a pasar el resto de tu vida devolviéndome todo el dinero que he invertido en ti. ¡Perro desagradecido!

El cuero restalló sobre la piel del chico, que se retorcía y sollozaba. Negros moratones empezaban a aparecer en su espalda.


No lo vieron llegar. De repente estaba allí, en el borde del claro, fumando un cigarro con la espalda recostada contra un árbol. A unos cuantos pies, su caballo mordisquea la hierba.

-¿Qué diablos quiere? -preguntó Geoffrey.
-Es mejor no invocar a los diablos. Podrían acudir.
-Vaya, vaya, un forastero gracioso. ¿Quién es usted?
-Me conocen por varios nombres, aunque ninguno le gustará.

Geoffrey hizo el ademán de caminar hacia el forastero, pero se detuvo a mitad del gesto.
-Me trae sin cuidado quién sea o lo que le trae por aquí. Estoy... eh... solucionando un problema familiar. Y no me gustan los curiosos.
-Adelante, solucione su “problema familiar”. Lo que usted haga es asunto suyo. Avíseme cuando termine -sentenció aquel hombre. Después se cubrió la cara con el sombrero y se dejó caer con suavidad hasta el suelo como si se dispusiera a dormir una siesta.

David sabía quién era. Había visto su rostro en los periódicos que de vez en cuando Émile le traía de la ciudad. Se trataba de Bony Denver, un conocido bandido y asesino, buscado por numerosos delitos y a cuya cabeza habían puesto precio en no pocas ocasiones. En cualquier otra situación su presencia habría aterrorizado al muchacho, aunque en aquel momento lo que le hacía estremecerse era el cuero de su padrastro.

Geoffrey dudó unos instantes; finalmente decidió ignorar al forastero. No creía que fuera a contarle a nadie la escena, y aunque lo hiciera ¿quién se iba a atrever a cuestionar que uno de los hombres más poderosos del valle castigara a su hijo si lo consideraba oportuno? Continuó azotando al muchacho. Al restallar el cinturón sobre su espalda los moratones reventaron, rajándose la piel y manando sangre oscura. David comenzó a gritar con cada golpe.

De reojo, Geoffrey vio que el forastero se había puesto en pie y lo miraba fijamente. Resopló furioso, agotada la poca paciencia que tenía, y cuando se disponía a hablar Bony Denver le atajó:
-Esos gritos -dijo con voz pausada; dio una chupada al cigarro- son muy molestos. Dígale al muchacho que no grite. Así es imposible pegar ojo.

Geoffrey montó en cólera y se dirigió hacia el forajido apretando con rabia el cinturón en su mano, pero unos pasos antes de llegar hasta donde se encontraba un brillo metálico lo detuvo en seco. Bony Denver sujetaba en su mano derecha lo que parecía un antiguo cuchillo indio medio desenvainado. Su hoja reflejaba los últimos rayos del atardecer.
-¡Maldito bastardo! ¿También tú quieres probar esto? -gritó Geoffrey de pura frustración blandiendo el cinturón.

Bony Denver no respondió, sólo le mantuvo la mirada sin apartar la mano de la empuñadura del cuchillo. Geoffrey meditó un instante. Aquel hombre era sin duda un tipo duro, más joven y probablemente más fuerte que él. En un enfrentamiento cuerpo a cuerpo tenía las de perder.
-Mi paciencia tiene un límite, forastero -masculló volviendo sus pasos hacia el chico maniatado. El forajido se recostó de nuevo sobre el árbol y con su sombrero se cubrió el rostro. Geoffrey aprovechó para recoger su arma del suelo y ocultarla bajo la camisa que llevaba por fuera del pantalón.

Cayó un nuevo correazo. David se mordió el labio inferior. Otro golpe más. La sangre salpicó la cara de su padrastro y David dejó escapar un terrible alarido. El brazo se elevó de nuevo, el chico apretó los dientes. Pero el golpe no llegó.

Bony Denver sujetaba la muñeca derecha de Geoffrey Ewan, que perdió el equilibrio, dio un traspiés y cayó de espaldas.
-¿Qué demonios...? -bramó desde el suelo.
El rico minero se hizo un ovillo, gimió y se llevó la mano al vientre. Con rapidez felina empuñó su revólver y apuntó contra Bony Denver. Un estallido atronó el aire.

Bandadas de pájaros saltaron de las copas de los árboles que rodeaban el claro, cubrieron el cielo un instante y volvieron a despejarlo inmediatamente. Sólo se escuchaba la respiración entrecortada de David, que no podía dejar de contemplar la escena con una extraña sensación, mezcla de pavor y admiración.

Bony Denver sujetaba en la mano derecha su Colt humeante. Geoffrey se cubría con una mano el pecho ensangrentado. El forajido se volvió hacia David, desenfundó su cuchillo y cortó sus ligaduras de un tajo. Antes de dar media vuelta en busca de su caballo, miró fijamente a los ojos del muchacho ya liberado. Nunca antes habían mirado de aquella manera a David Ewan. No había dobleces en la mirada de aquel hombre. Le sorprendió encontrar nobleza y serenidad en el rostro de aquel que acababa de matar a su padrastro.