Login    |      
Atención: wikiole cierra

Thiers versus Ewan


- ¡Adelante! -dijo Geoffrey Ewan alzando la voz tras la puerta de su despacho.

Émile Thiers tomó asiento frente a él, al otro lado de una recia mesa de roble. La estancia era amplia y la escasez de mobiliario la hacía parecer todavía más. Había un sillón y dos sillas bastas, además de un diván bajo un viejo retrato junto a la pared que quedaba a la derecha de la entrada. A la izquierda, una estantería repleta de libros de cuentas. La enorme lámpara de ocho brazos hecha oro macizo que colgaba del techo estaba apagada, y el despacho sólo estaba iluminado débilmente por una lámpara de petróleo que había sobre el escritorio y la poca luz que se filtraba a través de las persianas bajadas.

- ¿Qué quiere, francés? -dijo Ewan. En su voz había cierto desdén, aunque eso no era algo extraordinario en él.
- Quería hablarle de David.


Geoffrey Ewan aguardó a que Émile Thiers continuara hablando.
- Creo que es demasiado joven para...
- Me trae sin cuidado lo que crea. Es mi hijo y hará lo que yo considere mejor para él.
- ¿Para él? -Thiers lo miró con dureza.


Ewan le devolvió la mirada. Apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa, extendió los dedos, respiró con fuerza por la nariz y dijo:
- No me gusta ese tono.
- Me preocupa la educación del muchacho -continuó el profesor ignorando el comentario-, ése es mi trabajo y quiero hacerlo lo mejor posible. Llega rendido de la mina. No se concentra en los estudios. Ni siquiera es capaz de sujetar la pluma.
- Tiene que endurecerse, y para eso ha de sufrir. No quiero que mi hijo se convierta en una señorita que sólo sabe lo que está escrito en los libros. Creo que bajar al agujero ahora mismo es mucho más necesario para él que lo que pueda enseñarle cualquier profesor. Sabe sumar, restar, multiplicar y yo que sé cuántas más cosas mejor que cualquier persona que conozco -reflexionó un instante con la mirada perdida en la lámpara de oro del techo-. Ahora que lo pienso, monsieur Thiers, dudo que alguien refinado como usted vaya a serle de utilidad a mi David de ahora en adelante -dijo Geoffrey Ewan, y después soltó una sonora carcajada.


Émile Thiers se removió en su incómoda silla. “Merde”, pensó, “la cosa se está poniendo muy fea. Si no actúo con habilidad incluso puedo perder mi empleo y, lo que es peor, al muchacho. No puedo dejarlo sólo en manos de este hombre de las cavernas, aunque éstas estén repletas de oro”.
- El conocimiento de las finanzas es fundamental para poder llevar una gran empresa hoy en día.
- ¿Finanzas? Hable claro, Thiers.
- La bolsa, Ewan.
- Sí, claro, la bolsa. ¿Tiene usted idea de cómo funciona?
- Acciones, valores, transacciones bursátiles. Conozco bien ese mundo. Imagino que sabrá que la bolsa de París nació al mismo tiempo que la de Nueva York.
- Sí, sí, claro... claro que lo sabía.


Ewan alzó la barbilla y se rascó el cuello.
- También debe aprender mi idioma si quiere defenderse bien en el mercado internacional del oro -continuó Thiers-. Y contabilidad. Interpretar un balance, saber calcular la rentabilidad...
- Vale, vale, no es necesario que siga -le interrumpió Ewan de nuevo.
El profesor suspiró sin poder evitarlo.
- Entonces, ¿dejará David de ir a la mina?


Las patas del sillón rascaron el suelo de tablas de madera cuando Ewan la retiró hacia atrás. Dio unos cuantos pasos mirando al suelo con el ceño fruncido y las manos a la espalda.
- Enseñará a mi David todo eso que usted conoce tan bien -sentenció al cabo de un rato-. Pero mi hijo seguirá yendo a picar como yo hice a su edad. Y ahora lárguese, tengo trabajo que hacer.


El profesor se irguió con dignidad, inclinó la cabeza levemente a modo de despedida y se dirigió hacia la puerta. Cuando estaba a punto de cruzar el umbral, Ewan habló de nuevo a su espalda:
- Le tiene aprecio al muchacho, ¿verdad?
- Mucho, es para mí más que un alumno, casi un amigo. Disfruto enseñándole.
- Pues entonces no le importará que le deje el sueldo en la mitad de lo que cobra ahora.
- Ya me lo redujo a la mitad cuando me dijo que sólo le daría clase por las tardes.
- Le estoy pagando por algo con lo que usted disfruta. A eso no se le puede llamar trabajar. Además, no pretenderá aprovecharse de su amigo David.


Aunque no podía distinguirlo en la penumbra, Émile Thiers estaba seguro de que aquel sucio ricachón sonreía con desfachatez.
- No malgaste su dinero, Ewan. Será lo único que conseguirá en la vida -dijo Thiers antes de cerrar de un portazo.