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- ¡Juro por Dios que mataré a esa sucia rata! -gritó Geoffrey Ewan a la vez que descargaba un fuerte puñetazo sobre la mesa de roble de su despacho.

Desde el mismo momento en que comenzó a hablar, David se arrepintió de haber decidido ser completamente sincero. El relato de su desagradable encuentro con John Ranckor enfureció tanto a su padre que al terminar no se atrevió a comentarle sus dudas como había pensado. Cuando se comportaba de aquella manera el chico lo temía de veras. Le entraron unas ganas terribles de correr a su cuarto y romper a llorar, pero sabía que eso sólo empeoraría las cosas, así que se contuvo y aguantó sentado, tieso como un palo, al otro lado de la mesa.

Geoffrey se levantó tan bruscamente que su cómodo sillón de cuero cayó sobre el respaldo con gran estruendo. Caminaba a zancadas por el despacho blasfemando y frotándose las manos con rabia. Durante un buen rato Geoffrey no hizo otra cosa que vomitar su ira sin dirigirse ni por un momento a su hijo. David no se atrevió a abrir la boca durante todo ese tiempo, aunque en su interior las dudas seguían creciendo. Finalmente Geoffrey puso en pie el sillón y se desplomó sobre él.

- Hijo mío -comenzó a decir con dificultad a causa de la fatiga-, pronto serás un hombre, y entonces te darás cuenta de que vivimos rodeados de lobos. Bestias que nos acechan y esperan cualquier signo de debilidad para saltar sobre nosotros y dejarnos en los huesos. Debes aprender a defenderte de hombres como Ranckor. Ese hijo de perra resentido lo va a pagar caro.
- Sé que Ranckor te la tiene jurada porque lo echaste de la mina, padre. Sólo ha querido asustarme.
- ¡No debes permitirlo! Si consientes que uno de esos muertos de hambre crea que lo temes, tarde o temprano te devorarán. Usa tu fuerza, mi fuerza, para doblegarlos.

David se quedó cayado dudando si decir lo que estaba pensando.
- Pero padre... Émile dice que los conflictos entre hombres civilizados se resuelven mejor sin violencia. Y que el abuso del poder crea enemigos.
- ¡Ah, Émile! Ese marica engreído. Todas esas payasadas están muy bien para una señorita de ciudad, pero aquí en el valle no son más que papel mojado. No conseguirás que Ranckor te deje en paz con buenas palabras. Yo... hablaré con él.

En la boca de Geoffrey se dibujó mueca con aspecto de sonrisa.

Transcurrieron varios minutos sin que ninguno de los dos dijera nada más. David jugueteaba nerviosamente con sus dedos. Tenía la cabeza agachada evitando mirar directamente a su padre. Fue Geoffrey el que rompió el silencio con voz firme.
- Ve a lavarte, hijo. La cena estará lista enseguida, no hagas esperar a tu madre.

David continuó sentado. Se agarró ambas manos, irguió la cabeza y miró a su padre a los ojos.
- Padre, John Ranckor dijo aquello del niño que no...
- ¡Ya sé lo que dijo ese maldito hijo de puta! -le interrumpió Geoffrey golpeando de nuevo la mesa con violencia-. David, sólo has de saber una cosa: te he tratado como a un hijo, y tú debes respetarme como padre. Porque sin mí no eres ni serás nada en esta vida. Y ahora lárgate. No quiero volver a hablar jamás de este tema.

David Ewan se retiró cabizbajo y tembloroso a su habitación. Aquel día llegó tarde a la cena.